Lo que siempre he pensado como biólogo vocacional, que la naturaleza es lo primero y luego el ser humano, ha dejado de ser una opción filosófica o espiritual para convertirse en una elección que no hay más remedio que tomar, una realidad que no cabe sino asimilar. La naturaleza se esfuma y el ser humano lo invade todo.
Obviamente poca gente quiere vivir así:
Pero todos queremos comer rico y sano, respirar aire puro, beber agua clara y ¡qué coño!, aunque nunca vayamos a ir al ártico mola que esté ahí, con sus osos polares y sus cetáceos.
Hace cincuenta años la ecología era cosa de hippies, intelectuales, veganos y lunáticos, los científicos advertían y la opinión pública se reía de ellos, basándose en desmentidos de incompetentes y untados. Era una cosa futurista, como de ciencia ficción, nadie creía realmente que corriéramos peligro con la gran capacidad que tenemos de transformar la naturaleza a nuestro antojo. Sobre todo, no era buena para la economía. Ahora sin embargo, con una superpoblación de al menos tres mil millones por encima de lo que la Tierra puede sostener, con cálculos económicos que aseveran que el coste ya no ecológico sino puramente económico de algunos negocios que implican intervenciones sobre el medio triplica los beneficios, cuando decenas de miles de especies se extinguen cada año, la atmósfera y los océanos están repletos de contaminantes, los polos sin duda se derriten a una velocidad descomunal, ni invertiendo las emisiones se puede evitar que el cambio climático sea irremediable, la capa de ozono ha perdido gran parte de su grosor… hay una parte considerable de la opinión pública que está pasando de la incredulidad a la comprensión. Los humanos somos una epidemia global que además genera desperdicios raros en la naturaleza, que devasta en años regiones que han tardado milenios en desarrollarse, que es capaz de cambiar los grandes ciclos de los cielos y las aguas pero no de controlarlos. Unos pocos datos y cálculos sencillos pueden poner al día a cualquiera:
- Hay unos 9 millones de especies diferentes en la Tierra (tirando por lo alto y excluidas las bacterias). Se calcula que desaparecen a un ritmo de 30 000 al año (tirando por lo bajo), la mayoría como consecuencia de las actividades humanas. Se estima que la naturaleza genera como mucho tres nuevas especies al año. Con estos datos (que empeoran cada día) en la mano, a la mayor parte de la vida en la Tierra le quedan unos 300 años; con los datos reales y teniendo en cuenta el incremento, se reduce a 125 años solamente. Es un error pensar que es la cultura occidental actual la que destruye la naturaleza, todos los seres humanos tienden a hacerlo en mayor o menor medida en su lucha por transformarla en su propio beneficio. Un ejemplo muy conocido es la extinción de la mayor águila que ha existido nunca, el águila de Haast, hace unos 600 años. Ha sido y es la superpoblación, la expansión y la tecnificación humanas lo que está acabando con la naturaleza a un ritmo cada vez mayor, pero el ser humano nunca ha vivido en armonía con la naturaleza. Cuantos más somos, más destruimos, así de simple, cuanto más transportamos, más especies se cuelan donde no deberían y cuantos más medios técnicos están a nuestro alcance, mayor es nuestro poder destructivo.
- Desde hace muy poco, somos 8 000 millones de habitantes en la Tierra. En solo 10 años hemos generado un aumento de 1 000 millones de humanos por segunda vez consecutiva. Se estima que la Tierra puede sostener una población de unos 5 000 millones, es decir, 3 000 millones menos que los que somos, más de un tercio de la población mundial. En los últimos doscientos años la población mundial se ha octuplicado y en tan solo una década el incremento de seres humanos ha sido igual al total de los que había en el año 1800, es decir, en una década hemos generado el mismo número de seres humanos que en toda la historia y prehistoria hasta el citado año. Así que en el fondo, todos esos premios Nobel de medicina del pasado siglo, especialistas en inmunología, y todos los sanitarios que van por el tercer mundo salvando vidas para que críen como conejos, nos han hecho una faena tremenda. Puede que vivamos más, pero en un mundo mucho menos interesante, vidas mucho más mediocres. Se puede decir que ya no hay selección natural y por tanto, hemos dejado de evolucionar. La única fórmula para que nuestra especie mejore es el mestizaje. Pero es que encima, como en los países con menos desarrollo intelectual se tienen muchos más hijos y los avances sanitarios provocan que sobrevivan en proporciones muy superiores a las del pasado, el grueso de la población mundial y la inmensa mayoría de la que se va generando, tiene un nivel educativo o si se quiere, de calidad humana, muy bajo, lo que exacerba todavía más el problema. Es el mundo que ya vislumbraba Ortega y Gasset, con agravantes accesorios de todo tipo. Hay un ejemplo, el de Nigeria, que resume perfectamente todo esto.
- El dióxido de carbono que vertemos en la atmósfera cada año, se ha duplicado en los últimos 40 años y se ha octuplicado en los últimos 80 (En 2025, como casi cada año, se alcanzó un máximo histórico. China es con mucho el país que más vierte, pero EE. UU. es el que más lo hace por habitante, también por mucho). Produce un efecto invernadero débil, pero suficiente para retener la radiación de la Tierra y calentar su superficie. Los polos se derriten y la radiación que reflejaban también contribuye a calentar la Tierra (La arena del Sáhara, que llega más alto y más lejos con la ampliación de las corrientes de convección por el calentamiento global hace el mismo efecto al caer entorno al polo norte). Cuando los océanos se calienten lo suficiente, se liberará el metano que permanece hidratado y congelado en sus lechos (Además, los glaciares en retroceso liberan abundante metano). Esto ya sucedió una vez y prácticamente acabó con la vida en la Tierra, porque el metano sí es un gas con fuerte efecto invernadero, capaz de provocar un calentamiento global apocalíptico. A pesar de que desde hace más de 2 millones de años no ha habido tanto dióxido de carbono en la atmósfera, solo ha aumentado del 0,028% al 0,043%, el resto lo ha asimilado el suelo y sobre todo los océanos, que se vuelven más ácidos (casi un tercio por ahora), impidiendo que los corales, crustáceos… se desarrollen y provocando con ello una cadena de extinciones (Los corales albergan la mayor parte de la diversidad vital oceánica). Parece que el agua marina se ha saturado porque la velocidad de acumulación atmosférica se ha triplicado últimamente con respecto a antes de los 70 del siglo XX. Hasta esa época los demás seres de la Tierra y los ciclos mal que bien aguantaban. A partir de ahí, como predijo Alejandro Dumas, el ser humano es el diablo (En la misma frase cita que puede que Dios sea la naturaleza). Un caso completamente diferente es el de la capa de ozono. Sigue siendo un 1,5-4,5% menos densa que lo que era, sobre las zonas pobladas, antes de emplear compuestos estables de halógenos de forma masiva (Sobre la Antártida se ha reducido a un 60%). Pero se estima que con todas las medidas que hemos tomado y seguimos implementando, en unos 40 años volverá a ser lo que era (si no hay nuevas incidencias).
Y es que la Tierra es a efectos prácticos una esfera y por tanto posee una superficie limitada, no hay hacia dónde expandirse. Lo que se hace aquí debe resolverse in situ. Antes podíamos enterrarlo o echarlo al mar, pero los mares, que son gigantescos, incluso en su enormidad están empezando a resentirse. Lo que se entierra acaba en los acuíferos, una de las fuentes más importantes de agua dulce. Enviar los desperdicios (tercera fuente artificial de metano después de la ganadería y el sector energético) al espacio por ahora no es viable.
Es muy fácil reírse de los ecologistas, pero ahora que le vemos los cuernos al toro ya no hace tanta gracia. Es cierto que ha habido cambios climáticos naturales y que la vida probablemente sobrevivió a un cataclismo global generado por un meteorito, incluso que había seres humanos en la última glaciación (Aunque los que vivían en las zonas más frías eran los neandertales), pero donde nunca ha vivido un ser humano es en una Tierra sin polos helados, ni en una atmósfera con tantos gases tóxicos como la actual, ni desde luego en una sin ozono. Quitar importancia al calentamiento global es la última ridiculez de los antiecologistas acérrimos (capitalistas, religiosos… La realidad no va con ellos), pero una reducción al absurdo muy sencilla, al estilo de la dialéctica socrática, pone las cosas en su sitio: La Tierra estuvo incandescente un día, es natural, ha pasado antes, pero ¿Tú crees que en esa Tierra podíamos vivir nosotros?
La ciencia no miente y este no es un asunto de opinión, una vez que tenemos un rango suficiente de mediciones fiables, como es el caso del presente, y las peores predicciones no solo se han cumplido sino que se han superado con creces, ha llegado el momento de pensar en la economía y la oración, o de empezar a tomar medidas desagradables, llamémoslas incómodas. También el humanismo debe verse afectado, porque el ser humano pasa necesariamente a un segundo plano y la prioridad es la Tierra ahora, la naturaleza ya mismo y luego el ser humano, si sobrevive alguno a este siglo. Parece alarmista, pero cuando hay escasez de recursos, manadas inmensas de animales desaparecen y a poco que no les favorezcan un par de factores más, como enfermedades y entorno, una especie se va al garete tan rápido como se extendió; otra lección de la ecología.
¿Cuáles son las medidas clave? En este punto, muy complicadas. La población humana no se va a regular como antaño por enfermedades, partos, muertes infantiles ni guerras, si acaso por escasez de recursos, abandonar a su suerte a los que viven de las ayudas humanitarias y tomar medidas fascistas de control de la natalidad. Las energías no contaminantes, si se imponen y anulan las demás (por ahora junto con renovables contaminantes y nuclear suman un 12% del total), pueden salvar parte de la situación (vehículos eléctricos, energías limpias para obtener electricidad y calefacción…). Un mejor aprovechamiento de los recursos agrarios sin invadir nuevas zonas naturales sería fundamental, pero nadie parece estar por la labor. Recuperar la fauna marina y la calidad de las aguas parece una utopía. Impedir que las especies se extingan o se desplacen en nuestros transportes o por nuestras negligencias, también. Reciclar la basura de 8 000 millones de personas, nadie sabe cómo. Limpiar la atmósfera tampoco. Restablecer los ciclos geológicos, imposible. Para quien no entienda que hay problemas a los que no podemos hacer frente, el mejor ejemplo es el mar del Aral. Era el cuarto mar interior más grande de la Tierra, pero al fin y al cabo, diminuto en comparación con cualquier océano o la propia Tierra. Su uso para regadío en la época de la URSS hizo que incluso después de dejar de extraer agua se siga secando inexorablemente y ahora no quede más que un charco. Si nos fuera la vida en ello probablemente podríamos recuperarlo, pero es solo un lago, un mar interior, una de las mayores catástrofes ecológicas artificiales, pero no una catástrofe global. Si complicamos un poco más el problema y dirigimos nuestra mirada a algo más complejo que simple agua, como la desaparición del Amazonas, ahí sí que no hay nada que hacer, ni con todos nuestros conocimientos y recursos podríamos regenerarlo. Los terrenos ganados a la Amazonia sirven durante un tiempo para la agricultura, pero una vez agotados ni siquiera valen para algo tan sencillo como es cultivar unas pocas especies. Si nos fuera la vida en esto, ya estaríamos entre la espada y la pared, igual con todo nuestro ingenio y esfuerzo se podría hacer un apaño. Pero si lo que tuviéramos que conseguir para sobrevivir fuera congelar de nuevo el ártico o simplemente evitar que siga descongelándose, entonces a buen seguro palmaríamos, no sé si me explico.
La realidad, aunque nos duela reconocer que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, es que estamos jugando con fuego. Somos unos chapuceros, procreamos como conejos, pensamos en términos económicos en detrimento de los ecológicos, tenemos un nivel ético-cívico de macaco y en definitiva, hablando rápido y claro, la estamos cagando. Y esto solo son las cuestiones de vida o muerte, porque si observamos las que no nos matan pero nos están jodiendo la vida, como los productos químicos "tóxicos pero no demasiado" que ingerimos e inhalamos, la contaminación acústica y lumínica que nos está volviendo majaras, la dureza de la convivencia en un planeta superpoblado y otras minucias, es que al final el crecimiento económico, la bolsa y las ideologías ¿a quién coño le importan? A cuatro tarados adinerados que en una jerarquía sin fin estresan eslabón por eslabón, apretando todavía un poquito más las tuercas a la población. Y la población se lo merece, porque somos tontos, individualistas y avariciosos. La economía ahora mismo debería estar basada en la eficacia, la eficiencia, la calidad, la sustentación y la ecuanimidad, y sin embargo, se basa en la competencia, la propaganda, la venta masiva de productos de baja calidad, la obtención de beneficios y la esclavitud moderna (La que no proporciona techo ni ración). También a veces conviene volver al significado esencial de la palabras. Eco viene del griego y significa hogar. Ecología es el estudio del hogar, de nuestra parte de la Tierra. Economía es la gestión del hogar, de dónde vivimos. Esta responsabilidad recae sobre nosotros por ser la especie más inteligente y la que más deteriora el medio. Con las palabras bien entendidas, la economía deja de ser solo competencia y dinero y se convierte en la que lleva a la práctica lo que la ecología le enseña.
Un documental muy realista, que nos recuerda que no solo somos parte de la naturaleza, sino que además nos cobija. Es bastante dramático y solo al final sugiere alguna tenue ilusión. Es notable, no obstante, la similitud con este otro, mucho más esperanzado, en el que sobran las palabras, 17 años anterior:
Este documental lo vi en su día en pantalla gigante y me pareció impresionante. En la actualidad es irrepetible, nadie con dos dedos de frente sería ya tan indulgente con la actividad humana ni tendría tanta fe en la conservación del mundo natural. Aún era todo posible, es lo que tuvieron los noventa, como queda reflejado en la película Matrix, el punto de inflexión de nuestra civilización (aunque ya estaba todo en proceso de destrucción desde hacía veinte años. En los setenta el ser humano rompió todos los ciclos biológicos y geológicos. Los testimonios están ahí: hasta los setenta había lobos, osos… las ranas cruzaban en grandes masas por aquí…). Las decisiones tomadas en aquel momento provocaron las consecuencias de hoy en día. Nuestro aletargamiento, la corrupción de los poderosos, el conformismo de todos, se paga ahora a un precio que ni los más pesimistas previeron. Desoímos a los que preconizaban la ecología como forma de vida cívica y solvente y ahora quedan cada vez menos opciones para un sistema sin medidas drásticas, de libertades y dignidad humana.
Si no espabilamos, las medidas que nos esperan en el futuro, de control de la natalidad, entre otras, van a ser igual de fascistas que las de los nazis, podemos ver ya un anticipo en China. Con las decenas de miles de especies de seres vivos que desaparecen cada año, algunas ni siquiera descubiertas, estamos perdiendo un patrimonio que deja a la altura del betún el cultural, innumerables respuestas científicas que se pierden para siempre. Los misteriosos entresijos que la naturaleza ha creado en cientos o miles de millones de años, destruidos en un tiempo geológico equivalente a un suspiro, décadas. Las curas para las enfermedades, las sustancias por descubrir, las innovaciones potenciales, la inspiración que nos podrían haber proporcionado, eliminadas de forma irrevocable.
Mucha gente enterada desde un principio, otros impresionables y algunos conversos, llevamos años preocupados por estos asuntos. Porque el mundo artificial no es nada sin la naturaleza, todo procede de ella. El espejismo de que todo está resuelto porque somos más listos que nadie está empezando a disiparse y nos plantamos frente a una realidad incómoda, ya no se trata de que nos guste la naturaleza, que también, sino que nuestra propia supervivencia depende de que dejemos de lado el capitalismo, empecemos a vivir, incluso a trabajar de otra forma, de que se apliquen inmediatamente los avances tecnológicos y dejemos de criar como conejos. En el futuro, si no tomamos medidas, vamos a encontrarnos con un mundo en el que las únicas especies que queden serán las que cultivemos y criemos, competiremos ya no por dinero sino por agua, comida, un pedazo de terreno habitable y una bombona de oxígeno, y los asesinos en serie van a ser considerados benefactores sociales, filántropos y serán encumbrados, venerados como santos. Somos capaces de mucho, probablemente de cubrir toda la Tierra si se agota la capa de ozono, de retirar basura espacial, de limpiar una costa o un río, pero no somos capaces de volver a helar los polos, ni de regenerar las especies perdidas, repoblar los océanos, ni invertir los grandes ciclos geológicos. Puede que dentro de poco podamos extraer minerales de otros planetas, pero por ahora el único sitio donde podemos vivir es en este. Si no colonizamos otros lugares del Universo, el ser humano se extinguirá, es un hecho, pero no ocurrirá hasta dentro de miles de millones de años, así que para esto tenemos tiempo de sobra. Sabemos que estamos aniquilando el planeta, lo intuimos, lo sentimos y lo compartimos.
¿Qué vamos a hacer? No es fácil. Como humanos, hasta que las cosas no se salen de madre no solemos reaccionar. ¿Qué va a pasar? Las predicciones a las que el tiempo ha dado la razón surgieron en los 70 del pasado siglo y en general se quedaron cortas. En la edad media fue la peste, en esta nueva edad media acelerada en la que llevamos desde el nuevo milenio, solo Dios sabe lo que nos deparará el futuro. No es casualidad que las humanidades estén perdiendo fuerza y posición, es que el ser humano se ha convertido en un problema gravísimo para su propia especie. Seguimos anclados en lo que era válido hace décadas o siglos, como el respeto a las culturas regionales (Hoy en día solo hay una cultura, la global), la productividad y la competencia propias del capitalismo (Generan gastos, abusos, duplicidades… y el hecho de que el valor de lo que destruye sea superior a lo que produce, es lo que está haciendo colapsar al sistema en realidad), la explosión demográfica que dio lugar a una de las generaciones más prósperas tras las últimas guerras se ha convertido en el problema más grave del presente, donde ni las guerras ni la enfermedad regulan nuestra población.
Aquí estamos, en esta pequeña bola de piedra y metal que gira alrededor de un dios menor luminoso, como plancton en el inmenso océano de la Vía Láctea. La Tierra es nuestra casa y en nuestra casa no permitimos que nos vengan a echar porquerías, que se ensucie, que se marchiten las plantas, que el agua salga negra de los grifos, que entre humo tóxico al abrir las ventanas por la mañana, que nos planten un reactor nuclear en la entrada… Pues eso, que tenemos que empezar a pensar en estos asuntos como señores de la Tierra, como una comunidad consciente, como individuos cívicos.
La temperatura media global está 1,5 grados (quizá más) por encima de la que sería natural (sin nuestra influencia). Aparte de algunas implicaciones físicas directas, como un incremento en la energía de rayos y relámpagos (los que no hacen tierra), con su consecuente riesgo para bosques, peatones, infraestructuras y aeronaves, las corrientes de convección se vuelven más amplias, los vientos cercanos a los polos y los próximos al ecuador se van juntando. También aumenta la velocidad de los vientos. Las corrientes de convección marinas tardarán más en agrandarse por el efecto amortiguador del agua, sobre todo en grandes masas, pero irán arrastrando el fondo con más fuerza contribuyendo a la ascensión del temible metano. Como una cubitera con agua, los océanos seguirán fríos hasta que se deje de añadir hielo, luego se calentarán muy rápidamente. Siendo el sol a efectos prácticos una constante, la superficie aumentará de temperatura y las láminas superiores de agua se evaporarán. El aumento en el vapor de agua de la atmósfera sumado al del metano, hará de ella reductora en vez de oxidante. La milenaria labor de bacterias fotosintéticas, algas y plantas fijando el carbono y llenando el aire de oxígeno se irá al traste y el ser humano tendrá que sobrevivir en una atmósfera artificial, aislado del medio. Esto va a pasar aunque se detengan todas las emisiones inmediatamente porque los gases ya acumulados tardarían cientos o miles de años en retornar a niveles "normales". Todo lo que podemos hacer es ganar tiempo a la espera de soluciones.
¿Qué mirar? La Cantidad de dióxido de carbono en el aire, las Emisiones globales, debidas fundamentalmente a los combustibles, la deforestación y la industria del cemento, la Deforestación/Reforestación, los ciclos Niño-Niña, indican los cambios de temperatura de la superficie oceánica (Aumentos continuados -Niño- implican calor del aire global y descensos -Niña- menos calor), la Gráfica de deshielo de la Antártida (Si la Antártida cae, es el fin, aparte de que la superficie del mar subiría unos 60 metros, aunque ya no existiría ningún ser humano para verlo. La corriente circular tanto marina como atmosférica que rodea al continente austral por ahora lo protege de la fusión, pero en su invierno el sol está más cerca y un cambio mínimo de esta condición podría ser el principio del fin) y las Erupciones volcánicas, al principio dan una tregua, tapan el sol, luego los gases se suman a los nuestros (Actividad volcánica en la Antártida podría acelerarlo todo imprevisiblemente). Si conseguimos reforestar lo suficiente para que la atmósfera no deje de ser oxidante, la Antártida puede ser el último reducto en un mundo postapocalíptico recalentado. Adiós a los pingüinos.
¿Qué hacer? Matarnos unos a otros. Si cada ser humano mata a otro, todo mejora, y si mata a dos o tres, mejor que mejor. Pero en términos éticos se pueden hacer muchas cosas. El ser humano es único ocultándose la realidad a sí mismo, mirando para otro lado. En los tiempos antiguos (y en la prehistoria) se mataban animales para sobrevivir y se los respetaba. Se era consciente del proceso: arrebatar una vida para nutrirse. Ahora la carne es una bolsa en el supermercado. Pero ese animal ha malvivido y muerto igual, cuando ya no hace falta. Es un capricho. De verdad, totalmente innecesario. Se puede llevar una dieta perfecta sin matar un solo animal. Y debemos hacerlo, porque los productos agrícolas tienen un coste ecológico mínimo comparado con el de los productos de matanza (y no hay atajos, sobrevivir civilizadamente requiere una austeridad masiva, porque el abono, los arrozales… también emiten cantidades ingentes de metano). Yo no como animales por cariño a los seres que son como yo, animales. Pero lo cierto es que un agricultor que solo come la carne de los conejos que caen en las trampas que protegen sus cultivos, no hace ningún daño ecológico. Y lo mismo pasaría si los cazadores cazaran con lanza o arco en vez de armas de fuego y solo animales plaga, como los jabalís en España. Somos demasiados y hasta que quizás seamos menos o nos repartamos entre Marte y la Tierra hay que cambiar hábitos. La clave básica, en lo que tiene que pensar cada uno, es en consumir menos materia y energía, alterar menos espacio natural (el exceso de chuchos es un gran destructor de lo que queda) y reproducirse menos. Fumar tabaco es casi un símbolo del absurdo, de decadencia. Es una falta total de noción de la realidad. Todo en uno: ocupa espacio natural para producir un producto que no solo no alimenta ni sirve para sanar sino que encima es nocivo, requiere un proceso industrial y materias primas, produce gases por combustión y residuos y para colmo envenena a los que pasan cerca del adicto. En vez de seguir haciendo, de montar más porquería sobre el hormiguero humano (que cada vez se parece más al de los morlocks de Wells), hay que deshacer, dejar espacio de nuevo, espacio para el resto de seres vivos, que permita reactivar sus ciclos, y espacio para que el ser humano respire y en vez de nutrirse de gilipolleces empiece a nutrirse de nuevo de sí mismo. Además de restringir el consumo de materia y energía, conviene diferenciar entre tipos de materia y energía, aunque solo el primer paso es un inmenso paso adelante. El tipo de materia influye muchísimo: 10 veces peor la misma masa de un animal versus un vegetal. El tipo de energía influye hasta cierto punto, pero siempre contamina y degrada el medio. La extracción de materias primas y fabricación de un molino, un panel solar o un coche eléctrico han supuesto emisiones y destrucción. Si se necesita un frigorífico, perfecto. Si no, mejor. Mientras no se usa, mejor dejar un aparato desenchufado o apagado que en stand-by. La mayoría de aparatos electrónicos son prescindibles. Si puedes, prescinde de ellos. Mejor una lavandería pública que una lavadora en casa. Mejor comer cosas crudas que cocinadas. Mejor comer productos agrícolas que ganaderos, especialmente los que implican la muerte, despiece y procesado del animal. Mejor no usar aire acondicionado y calefacción dentro de lo posible. Mejor no tener animales de compañía, especialmente carnívoros. Si no hace falta vehículo propio, no tenerlo. Ducharse cada dos o tres días en vez de a diario (que es igual de sano o más). Comprar menos ropa y usarla hasta que se deshaga. Y así con todo. Cada uno puede hacer mucho. Pero también pueden hacer mucho las empresas y sobre todo las instituciones. Nada de farolas y otras luces encendidas toda lo noche, si acaso alguna puntual muy necesaria o emblemática. Nada de invadir más territorio virgen: construir sobre lo construido y obsoleto. Una cuestión importante para los políticos: en vez de hacer más cosas, hacer menos cosas nuevas y restaurar las viejas. Lo que hace falta en las poblaciones es espacio y restauración, no inauguraciones de sandeces para salir en prensa y ponerse medallas. Menos es más. Cuando se piensa en hacer algo nuevo, en lugar de destruir espacios libres, trabajar sobre espacios degradados. Y la tarea colosal de reforestar, es lo mejor que podemos añadir al planeta, recalcando que debe ser con las especies adecuadas, los árboles propios del terreno, para que a medio plazo genere un bosque tupido capaz de absorber bien de carbono, retener humedad, autosostenerse, frenar vientos, partículas y erosión, generar microclimas… hasta el límite de lo posible. En España por el viejo dicho de que una ardilla podía llegar de Algeciras a los Pirineos sin tocar el suelo sabemos que había un bosque cruzando toda la península. El oso del escudo de Madrid lo confirma. Aunque siempre existieron zonas de estepa, era mayormente un bosque caducifolio que se taló para fabricar barcos, hacer fuego, construir… tras el descubrimiento de América y que en el mejor de los casos se sustituyó por pinares que hoy arden sobre arenales.
La naturaleza no puede con nosotros. Aunque surgiera un virus letal transmitido por un vector eficaz y cosmopolita como el mosquito tigre, en seguida se volvería subletal, porque los virus, como los seres vivos, quieren seguir existiendo y por tanto quieren que sus huéspedes estén disponibles. Podemos esperar el milagro cósmico, un meteorito del tamaño adecuado, geológico, una erupción espectacular de un supervolcán, o artificial, un invierno nuclear, que den tiempo a la vida para regenerarse; con menos humanos, claro, porque lo de comportarse, eso sí es una utopía. O incluso el milagro místico, que seleccione a las intrínsecamente personas. ¡Nos íbamos a quedar cuatro monos! Mi opción favorita, en plan Adán y Eva con una chica guay, o Noé y su esposa, que no está claro cómo se llamaba. Lo que nos está pasando es casi providencial. El ser humano, tan conspirador, envidioso, turbio y malvado entre sí, por más que disimule con los modales y el tonillo de moda, se ha pasado tres pueblos con respecto a los demás seres vivos.